viernes, 27 de abril de 2018

Poema del día: "Poema de Vivienne", de Adam Wiedemann (Polonia, 1967)

Vivienne escribe en este poema que no le gustan
los locales que se llaman, por ejemplo, Café Bleu. Ella creía
que estaba viendo Vegan Bar and Gaming Lounge,
y en realidad era Vegas Bar. Los clubs de nombre Hot Chilli
sugieren que nos lo vamos a pasar bien allí. Los pájaros
cantaban cuando Vivienne pasaba por aquel puente lleno de polvo.
Las hojas húmedas en el parque eran tan grandes como sus manos
(hay que añadir que las manos de Vivienne no son especialmente
grandes), montones de hojas, ¡hay que ver!, en el suelo en forma de cadáveres,
hay aquí también algo sobre reflectores encendidos.
Pero volviendo a los bares, ahora ya se puede traducir, Vieja
Taberna o Cocina Casera de la Tía Valeria
(sería mejor simplemente La Abuela María), el pelo
parece que con rulos, por desgracia no sé qué es scones,
igual pelos en la sopa, es lo primero que pensé,
aunque en La Abuela María no hay pelos en la sopa. Más hojas.
Vivienne vuelve a la carga, ya está en el hotel, la oscuridad
es obsequius, esta palabra tampoco la conozco, pero suena
bien, vuelve a introducir un elemento de suspense, porque Vivienne
se siente perdida «no sabe dónde está» y «no sabe dónde estaba».
Seguiría traduciendo este poema pero se me ha acabado.
A pesar de que está sonando Prokofiev ahora oigo
a Ela Mielczarek y su Hotel Grand, el siiiiilencio
entre las paredes del hotel, vivo aquí en el hotel
y tengo una vista sobre Binks. Hola, Binks, ¿qué tal? Binks
como respuesta se pone en marcha, saca calientes chorros de aire
artificial de la cocina, siento claramente las mondaduras, como en el pueblo,
cuando la abuela preparaba la comida de los cerdos. Tenía en mente decir
que me da igual dónde estoy, pero el poema de Vivienne
me ha puesto melancólico, podría no haberlo leído hoy.

                                                                      Iowa City, 24 de septiembre de 2004

Adam Wiedemann, incluido en Poesía a contragolpe. Antología de poesía polaca contemporánea  (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012, selec. y trad. de Abel MurciaGerardo Beltrán y Xavier Farré).

Otros poemas de Adam Wiedemann
Torció no allí donde debía salgo a una indeterminada...

miércoles, 25 de abril de 2018

Poema del día: "En la leonera", de Néstor Perlongher (Argentina, 1949-1992)

Como en esa leonera de verjas enchastradas
donde se inclina el reo (nuer en Kenia) a lambiscar almizcle, en el retrete joyas de regüeldo feraz, joyas ojotas, ganchos en los ganglios, le lustran sobre sí. Como quien paga, pasa. Como quien pasa, paga sus delitos (porosos) en entreabrir de glúteos ebenáceos, como quien pasa un porro por el poro o mete
en la narina de la guardia el perro, nuer en Kenia, se agacha a rescatar gladíolos de la miasma o aguas
servidas de la lluvia. O un cuerpo de camión, una bocina líquida, una escama de náyade delatando su acuática naturaleza presa, hilan turbiones en la leve joda: su sigilo, rehuyendo la pupila curiosa de la guardia, le cubre las espaldas, o lo que más allá pierde su nombre, tócanle con avidez de condenados, vellos raspados en la furia deseante, tristemente. Celebrado su arqueo (nuer en Austria) con brindis de torsiones, para que abra las cachas y en el nácar
                                                     de sebo
sobre el pringoso bleque: contra la verja acuclillado, como una nutria o un perro.

Néstor Perlongher en El chorreo de las iluminaciones (1992), incluido en Rivales dorados (Antología) (Varasek Ediciones, Madrid, 2015, ed. de Roberto Echavarren).

Otros poema de Néstor Perlongher y artículos sobre su obra
Aguas aéreas (XXI), AmeliaDevenir MartaFrenesíGomas, humosHerida piernaLa grutaLacacon (entre Lacan y Conan)MichéMoreiraPavón, Tema del cisne hundido (I)
*Artículo de Francisco Cenamor sobre Rivales dorados (Antología)

martes, 24 de abril de 2018

Poema del día: "Lagarto", de Claudia Masín (Argentina, 1972)

Pero estoy a punto de volver a los días donde me quemaba
al sol, un lagarto comiéndose el calor, con la boca dirigida al cielo
y los ojos cerrados, el cuerpo rugoso y pesado
plácidamente sostenido en la rompiente del verano, justo en el punto
donde alcanza su máximo poder para después empezar
a declinar. Es ahí donde estoy llegando: al tiempo en que nada
había empezado todavía a marchitarse, cuando entre los yuyos
del fondo crecía una flor salvaje, y verla daba miedo y alegría,
porque era espléndida, de una belleza que no se parecía en nada
a la de las flores nacidas y criadas en el jardín, que apuntaban
altaneras hacia la lejanía pero eran domésticas,
no sabían de los montes desmesuradamente
fértiles en que los árboles de troncos deformes, los animales
hoscos vivían por el sólo placer de seguir vivos, de respirar
el aire que quedaba a salvo de la polvareda y la sequía. Estoy
empezando a sentir lo que sentí entonces, el trueno que sacude
a las criaturas amansadas a la fuerza, el silbido en el aire
que precede a la caída de la fusta sobre el lomo, el segundo
en que empieza a cultivarse la posibilidad de la revuelta
que va a ir filtrándose en la médula y en los huesos
como un líquido parecido a una savia espesa esparciéndose
desde el corazón implacable de un árbol cuya madera es tan fuerte
que resiste sin daño el ataque de los hacheros. Estoy llegando al día
anterior a que empezara el desorden y se diseminara el dolor
hasta cubrirlo todo, una ráfaga de humo fétido capaz de entrar
en el alma hasta confundirse con ella para siempre. Entonces,
justo entonces, ahí me quedo, en el momento en que supe
que llevará toda la vida encontrar la forma de existir sin someterse
ni hacer daño, pero que vale la pena:
ni la mansedumbre ni la violencia pueden
contra ese peso que cae sobre la espalda de todos desde que se termina
el ínfimo tiempo en que está permitido vivir fuera de la ley
según la cual lo enfermo habrá de ser salud y viceversa.
Estoy, por fin, entrando al torrente de la siesta donde me dormí
sin conocer todavía el soplo de ese mal en la frente, sin temerlo.
La niñez es un temporal que pasa rápido, y rápido hay que seguir
la estela que dejó para no perderla. Si hay algo que está intacto
tendrá que haber quedado ahí y hay que encontrarlo: el animal
feliz que al llegar la crudeza del invierno se sintió acosado y solitario,
y se metió en la sombra después de haber absorbido toda la luz,
esa es la bestia castigada a la que hay que dejar suelta,
para que se cure las heridas sola, y sola salga a correr
hasta que pueda abandonar su ferocidad y su miedo monte adentro.

Claudia Masín en La cura, incluido en Penúltimos 33 poetas de Argentina  (UNAM, México, 2014, selec. de Ezequiel Zaidenwerg).

lunes, 23 de abril de 2018

Poema del día: "Querido Jessore Road", de Subroto Sarkar (India, 1956)

Si he hecho algo incorrecto, el idioma bengalí aguanta.

La voz zigzag del hombre solitario no quedará, el hierro
se ha vuelto un árbol dentro de mi ser
                                        y lleva arena debajo de sus ojos.
Cualquier persona puede ser compleja, hasta pueden cambiar
las raíces de sus gustos por las turbulencias y las crisis,
esto no lo había imaginado antes de conocer a unos individuos.
¿Dónde está el agujero? veo sorprendentemente
cómo cae la fuente bella de la mentira en la vida.

Dentro hay agua fea, la cavidad, el resorte oxidado de la culpa,
                   sin embargo, no hay que odiar nada porque desde allí
traigo la comida. La flor que justo ahora se abrió y come la luz desde la corte
lunar, al menos, uno de sus pétalos
     fue construido como un hombre fracasado desde la oscuridad.

Anoten en cualquier lengua.
Para proteger la belleza caerán flores de buteas sobre el
                                           querido Jessore Road,
solo en agradecimiento
llamo a un planeta Debdaru Colony *.

Si un libro descompuesto por los insectos es un símbolo de la sexualidad
nadie puede escapar al animal vengativo que se llama televisor.

La gente brinda con alcohol hablando de mis pecados
puedo regalar un trozo de tierra sólo con una condición:
aguantaré el exilio con rostro duro si han
visto el dolor de un solo libro.
No pediré nunca que lean bajo la luz eléctrica
he dejado unos seres vivos en estas páginas en bengalí.

* Debdaru Colony es el título del primer libro de poemas del poeta. En bengalí colony tiene un significado después de la partición del país: donde viven los refugiados.

Subroto Sarkar, incluido en La pared de agua. Antología de poesía bengalí contemporánea  (Olifante Ediciones de poesía, Zaragoza, 2011, ed. y trad. de Subhro Bandopadhyay).

domingo, 22 de abril de 2018

Poema del día: "Library", de Luis Suardíaz (Cuba, 1936-2005)

La referencista abre sus ojos color de uva
para informar que nada sabe de los papeles
de recienvenido. A sus espaldas se levantan
las gavetillas de tarjetas, las perfectísimas
codificaciones. Y el sol copia los altos vitrales
en las mejillas de las dactilógrafas. Los archiveros
bajan a las bóvedas, con pies de plomo, pesquisando
en periódicos de un año antes. Un extranjero hace mutis.

Sobre la mesa de cristal yace vencido Alejandro
de Macedonia, en su ataúd de ocho y media por once.

Quiénes serán las adolescentes que ronronean
al final del pasillo, la señora que lee, el joven que pasa
sobre la filosofía del arte, la señora que fuma de pie,
el profesor que descuida sus libros de álgebra.
El sol incendia las columnas de mármol.

Una niña, suave como la miel de campanillas,
se inclina ante el santuario. Pregunta por Boscán,
por Garcilaso y la égloga primera. Y gravemente
se pone a transcribir los versos, cuajados de erratas,
en su cuaderno azul.

Luis Suardíaz, incluido en Nueva poesía cubana (Ediciones Península, Barcelona, 1970, ed. de José Agustín Goytisolo).

Otros poemas de Luis Suardíaz
En voz muy baja

sábado, 21 de abril de 2018

Poema del día: "Fosa desnuda", de Javier Bello (Chile, 1972)

Según la bipolaridad del gesto dos manos juntas provienen del mismo árbol hermético. El rostro debe ir cualquiera de estos días a la academia donde aprenden a cantar las estatuas. La línea de producción de ruido donde la hija eyacula en la escafandra su gota de música, su dosis blindada en el párpado. Sin avisarle a la madre salvaje fui a contemplar las señales al cuenco que equivoca a la muerte. Dije, he aquí la lluvia sin duelo que gira como un disco caliente sobre la tierra. He aquí, pausado animal sin orillas, el vidrio que le da de comer a la sombra. La bestia rumia la pezuña que no sueña y habla despacio a las cejas tras la cabeza en blanco. Una mano vale más que una carta con la letra apretada, un puñado de relincho a la espera. Por eso no escribo la matanza entre los sustantivos ni me infiltro como el verbo en el prepucio de la abstinencia. Mejor conocer la glándula en su celda que la evaporación del silbido en el pecho instantáneo. La imagen que se desdobla hace hora ante el espejo de mano de la eternidad mientras los trenes se arrastran como carnadas. Prefiero no decir que alguien con muy buenos ojos olisqueaba debajo de las sábanas. Las manchas se han oscurecido después del tiempo muerto. Las llagas, sin embargo, puro terciopelo y epifanía sorda. Cazar al proscrito en las venas no es lo mismo que estrangular las llaves cuando cierran la puerta. Según los maestros albinos la unidad no puede ser dada de baja antes que aparezca un señuelo. Según la cabeza que rueda en la playa la sed de absoluto tropieza con un pensamiento anhelante, cojea hasta el abismo después de la traición como un barco olvidado por su propio peso. Los antiguos muertos, los bellos suicidas y los que no han llegado todavía a la esfera, presentan una imagen fantástica. Las puertas se abren y detrás del tubérculo las voces saludan a todos con confianza, como si hubieran asistido a mi nacimiento. Me quedo con el resplandor lleno de dudosas lenguas, paredes horadadas por las que asoman los que nacen y esperan. Antes que se despierten prefiero que hablen, antes que hablen prefiero que se incendien. Claramente no soy la buhardilla de barro que atraviesa el último pie del paraíso. No soy el que dice estas cosas acodado en los altísimos balcones. Hablo de una época en que usaba los mismos procedimientos de la noche, una edad que nunca aparece entre las cartas incógnitas. Crucé la aduana de espaldas, como si no me vieran. Andaba de paso, sin oídos, en el país poblado con fosas desnudas. Tenía en el alma una tortuga y un cazador de profecías mulatas, un museo sin gusto y una belleza sin coartada. Las palabras giraban en mí como si fueran escritas por última vez. Les duele la boca reflejada a los pregoneros de la duplicidad y la horca. Les duelen los caminos que se bifurcan y los paisajes que se descomponen a través del prisma negro. La cabeza en blanco acepta coronas de especie ninguna, otra viña para la desgracia.

Javier Bello en Los grandes relatos (2015), incluido en Nayagua. Revista de poesía (nº 22, julio de 2015,  Fundación Centro de Poesía José Hierro, Getafe).

Otros poemas de Javier Bello
Gancho en el espejoLa jaula de la verdad