sábado, 29 de julio de 2017

Poema del día: "Querer vivir", de Abu l-Qasim al-Shabbi (Túnez, 1909-1934)

Cuando el pueblo un día quiera vivir
será necesario que responda el destino,
será necesario que se disipe la noche,
será necesario que se rompan las cadenas.
Quien no acepte el anhelo de vivir
se evaporará en el aire de la vida, desvaneciéndose.
¡Malhaya aquel a quien la vida no privó
de la bofetada de la nada victoriosa!
Así me dijeron todas las cosas creadas,
así me habló su alma escondida.

Rugió el viento entre los desfiladeros,
en la cumbre de las montañas, bajo los árboles:
—Cuando me lanzo a un objetivo
cabalgo en el deseo y olvido la prudencia:
no esquivo la dureza de los senderos
ni la llama de fuego incandescente.

Quien no gusta escalar las montañas
vive siempre en agujeros.
La sangre de la juventud gritó en mi corazón
y en mi pecho rugieron otros vientos...
Bajé los ojos en silencio, atento al fragor de los truenos,
al rugido del viento, a la caída de la lluvia.

—¡Madre! ¿Odias a los hombres?,
pregunté a la tierra. Y ella me respondió:
—Bendigo a los ambiciosos
y a quienes gustan afrontar el peligro.
Maldigo a quien no avanza con el tiempo
y se contenta en vivir como las piedras.

El Universo está vivo, ama a la vida,
desprecia a los muertos, por grandes que sean.
El horizonte no se cubre con pájaros muertos
ni las abejas besan las flores marchitas.
Si no fuera por mi amoroso corazón de madre
no se cerrarían las fosas de aquellos muertos.
¡Malhaya aquel a quien la vida no privó
de la maldición de la nada victoriosa!

Abu l-Qasim al-Shabbi, incluido en Antología de poesía árabe contemporánea (Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1972, ed. y trad. de Leonor Martínez Martín).

viernes, 28 de julio de 2017

Poema del día: "Voces", de Antonio Porchia (Argentina, nacido en Italia, 1885-1968)

El hombre es aire en el aire y para ser un punto en el aire necesita caer.

*
El dolor no nos sigue: camina adelante.

*
A veces, de noche, enciendo una luz, para no ver.

*
Veía yo un hombre muerto. Y yo era pequeño, pequeño, pequeño... ¡Dios mío, qué grande es un hombre muerto!

*
Una cosa bella es dos cosas: bello y cosa. Y las dos cosas nunca se dan juntas.

*
Soy un habitante, pero ¿de dónde?

*
Hace mucho que no pido nada al cielo y aún no han bajado mis brazos.

*
Otra vez no quisiera nada. Ni una madre quisiera otra vez.

*
Yo también tuve un verano y me quemé en su nombre.

*
Te deben la vida y una caja de fósforos y quieren pagarte una caja de fósforos, porque no quieren deberte una caja de fósforos.

*
No, no es nada, nada. Es sólo dolor.

*
Palabras que me dijeron en otros tiempos, las oigo hoy.

*
Nada más que un infinito de esperas y el fin de un infinito de esperas. Nada más.

*
Mi nombre, más que llamarme, me recuerda mi nombre.

*
A veces necesito la luz de un fósforo para alumbrar las estrellas.

*
Quien ha hecho mil cosas y quien no ha hecho ninguna, sienten iguales deseos: hacer una cosa.

*
Una flor y un infinito de puñales. Y sólo una flor mata. Está de más un infinito de puñales.

Antonio Porchia, incluido en Antología de la poesía surrealista latinoamericana (Editorial Galache, México, 1974, ed. de Stefan Baciu).

jueves, 27 de julio de 2017

Poema del día: "Persona pálida", de Louis Aragon (Francia, 1897-1982)

Más mísero que las piedras
                             triste a más no poder
                             el hombre escuálido
el atril hubiera querido aniquilarse
Qué frío El viento me penetra en el sitio
de las hojas
de las orejas muertas
Solo cómo patalear para ahuyentar el frío
con qué pie iniciar la semana
Un silencio que nunca acaba
Ni una palabra tierna para engañar al invierno
La sombra del alma del amigo La escritura
Tan sólo las señas
                             Mi sangre daría una sola vuelta
Los sonidos se pierden en el espacio,
como dedos congelados.
Nada más
                que un patín abandonado en el hielo
El fulano
                A través de él se ve el día

Louis Aragon en Feu de joie (1922), incluido en Antología de la poesía surrealista de lengua francesa (Fabril Editora, Buenos Aires, 1961, selec. y trad. de Aldo Pellegrini).

miércoles, 26 de julio de 2017

Poema del día: "El cazador negro", de Victor Hugo (Francia, 1802-1885)

   El bosque está negro, —¿Quién va?
   Los cuervos vuelan en bandadas,
                        amenaza lluvia.
   —Soy aquel que viaja en la sombra,
           ¡el Cazador Negro!

Las hojas que el viento sacude
            silban... se diría
que un aquelarre con sus gritos
            resuena en el bosque;
en un claro de entre las nubes
            la luna aparece.

   Caza al gamo, caza a la cierva,
   corre en el bosque y por el yermo,
                        llega la tarde.
Caza a Austria, caza al zar,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   Sopla el cuerno, ata la polaina,
   caza al ciervo que está pastando
                        junto a la casa.
   Caza al rey, caza al sacerdote,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   Truena, llueve; he aquí el diluvio.
   El zorro escapa, no hay refugio
                        ¡y no hay esperanza!

   Caza al espía, caza al juez,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   Los demonios de San Antonio
   saltan y brincan en la avena
                        sin que tú te alteres;
   caza al abate, caza al monje,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   ¡Caza al oso!, tus perros ladran.
   ¡Que no se escape ni un jabalí!
                        ¡Ése es tu deber!
   Caza a César y caza al papa,
                        ¡oh Cazador Negro!

Las hojas del bosque —

   El lobo sale del camino.
   ¡Que tras él vaya tu jauría!
                        ¡Hazle caer, corre!
   Caza al bandido Bonaparte,
                        ¡oh Cazador Negro!

   Las hojas del bosque se mueven,
                        caen... Se diría
   que el aquelarre y sus aullidos
                        huyeron del bosque;
   cantando el gallo abre las nubes,
                        ¡el alba aparece!

   Recobran su forma las cosas,
   vuelves a ser la altiva Francia
                        con tu bella estampa,
   ángel blanco de luz vestido,
                        ¡oh Cazador Negro!

   Las hojas del bosque se mueven,
                        caen... Se diría
   que el aquelarre y sus aullidos
                        huyeron del bosque;
   cantando el gallo abre las nubes,
                        ¡el alba aparece!

                                            Jersey, septiembre de 1853

Victor Hugo, incluido en Antología de la poesía romántica francesa (Ediciones Cátedra, Madrid, 2000, ed. de Rosa de Diego, trad. de Pilar Andrade).

Otros poemas de Victor Hugo
A Alberto DureroEscrito en el cristal de una ventana flamencaStella

martes, 25 de julio de 2017

Poema del día: "Romanticismo", de Adam Mickiewicz (Polonia, 1798-1855)

                                                        Methinks, I see... where?
                                                        -In my mind's eyes.
                                                                             Shakespeare

¡Escucha, muchacha!
—Ella no atiende—.
¡El día es luminoso! ¡Éste es tu pueblo!
No hay espíritu alguno junto a ti.
¿Qué intentas atrapar?
¿A quién estás llamando? ¿A quién saludas?
-Ella no atiende-.

Es como una roca muerta
de ojos inertes
que de pronto dispara miradas a su alrededor
o se cubre de lágrimas.
Aparentemente se aferra a algo, lo retiene,
rompe a llorar, se ríe.

«¿Eres tú, que vienes en la noche? ¿Eres tú, Jasieńko*?
¡Oh! ¡Me ama aún después de muerto!
Ven aquí, aquí, muy despacio,
que la madrastra escucha.

¡Pues que escuche, que tú ya no estás!
¡Tu entierro ya pasó!
¿Es que has muerto? ¡Ay! ¡Tengo miedo!
¿Por qué temo a mi Jasieńko?
¡Sí, eres tú! ¡Es tu rostro, son tus ojos!
¡Es tu blanco ropaje!

¡Tú mismo eres tan blanco como un lienzo!
¡Y estás frío, y qué frías tus manos!
¡Túmbate aquí, descansa en mi regazo!
¡Abrázame! ¡Tus labios en mis labios!

¡Qué frío debe hacer en la tumba!
Moriste ¡y de eso ha ya dos años!
Tú llévame contigo, que moriré a tu lado,
no me gusta este mundo.

Me siento mal en medio de esta malvada muchedumbre.
Lloro, mas se burlan de mí;
hablo, aunque nadie me entiende;
veo, pero ellos nada ven.

Ven a la luz del día... ¡O quizá durante el sueño!
¡No, no...! Te cojo de la mano.
¿A dónde te escapas, Jasieńko?
¡Es pronto aún, es pronto!

¡Dios mío! Canta el gallo,
la aurora ya despunta en la ventana.
¿Dónde fuiste? ¡Jasieńko!
¡Qué infeliz soy!»

De esta manera hablaba la muchacha a su amado;
corre tras él, vocea, se desploma:
al grito de dolor, tras la caída,
la muchedumbre se congrega.

«¡Rezad! —el pueblo grita—.
Aquí ha de estar su alma
pues Jasio debe estar junto a Karusia.
¡Cuánto la amaba en vida!
Yo lo oigo, lo creo,
y lloro y rezo.»

«¡Escucha, muchacha!» —un anciano vocea
entre la muchedumbre y al pueblo se dirige:
«Confiad en mi ojo y en mi lente:
yo aquí nada veo.

Los fantasmas los inventa el pueblo en la taberna;
son imaginaciones que idean en la fragua.
La muchacha delira
y el pueblo a la razón ofende.»

«La muchacha siente —le respondo—
y el pueblo cree profundamente.»
El sentimiento y la fe me hablan con más fuerza
que el ojo y la lupa de un sabio.

«Conoces verdades muertas, desconocidas para el pueblo;
ves el mundo a través de una nube de polvo,
en cada fulgor de las estrellas.
Ignoras las verdades vivas, no verás el milagro.
¡Ten corazón! ¡Mira en tu corazón!»

* Jasieńko y Jasio son diminutivos de Jan y Karusia de Karolina.

Adam Mickiewicz, incluido en Antología de la poesía polaca desde sus orígenes hasta la Primera Guerra Mundial (Editorial Gredos, Madrid, 2006, ed. y trad. de Fernando Presa González).

lunes, 24 de julio de 2017

Poema del día: "Carta única", de Reynaldo Naranjo (Perú, 1936)

Madre Adriana, buenos días.
Es Abril. En Grecia primavera
y en el Perú, tal vez.
Sólo miro el suelo de la carceleta
y en él mis viejas islas y mis mares,
pero alzo la mirada
y el encanto se rompe
contra el muro
idéntico a una ola.
Aquí no madre Adriana, no Euterpe, no Ismene.
Sólo Andreas.

Mustio mi corazón, la peña tiñe todo
y su color se extiende
como una mano
que va palideciendo
los lugares que toca.

A quién decir ya nada
si más que el mar
este idioma separa.
A quién que enseñe a Andreas
a partir.
De este dolor a Grecia,
de esta ventana a Grecia,
¿quién podría enseñarme a navegar?

Reynaldo Naranjo en Los encuentros (1964), incluido en Antología de la poesía peruana  (Ediciones Nuevo Mundo, Lima 1965, selec. de Alberto Escolar).

domingo, 23 de julio de 2017

Poema del día: "Canción de los indios pawnees", anónimo (Estados Unidos, s.a.)

Mira cómo suben, cómo suben
sobre la línea donde el cielo se junta con la tierra:
¡Las Pléyades!
¡Ah! Ascendiendo, vienen para guiarnos,
para irnos cuidando, que seamos uno;
Pléyades,
Enseñadnos a estar, como vosotras, unidos.

Anónimo, incluido en Antología de la poesía norteamericana (Fundación editorial El perro y la rana, Venezuela, 2007, selec. de Ernesto Cardenal, trad. de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal).